Audífonos

 

La revolución tecnológica de la última década ha hecho posible que la música se haya hecho portátil y personal. Y los audífonos –que se popularizaron hace más de 20 años con el surgimiento del walkman- han sido parte de un cambio fundamental en la manera en que nos relacionamos con ella y  con los demás.

         Mientras caminamos por las calles, recorremos un centro comercial o esperamos en el aeropuerto, no hace falta que la mirada se esfuerce mucho para identificar a más de uno con los audífonos puestos. Seguramente muchos de nosotros podremos contarnos entre ellos.

         En hogares, oficinas, centros comerciales, escuelas, hospitales y cualquier otro sitio que nos venga a la cabeza, nos cubrimos los oídos y damos inicio a un encierro profundo y apasionado, en el que los minutos pasan rápido en ese mundo que con esmero cada quien crea para sí  mismo.

       ¿Y quién no lo hace? ¿Quién se resiste a la facilidad de tener a su disposición toda la música que ama? ¿Quién no invierte el tiempo necesario para almacenarla, organizarla y  tenerla lo más a la mano posible?

       Con los audífonos puestos, hacemos más amenos los momentos de espera en una larga y tediosa fila. Calmamos los nervios en un día tenso y aligeramos la carga de trabajo escuchando las canciones que nos ponen de buenas. Todo, de forma privada; sin interrumpir ni aturdir a las personas que se encuentran alrededor.

        Tiempo atrás, la música solía escucharse a todo volumen. Y se sabía que entre más alto, era mejor. Claro, para aquellos que no les gustara el grupo, artista o tema que a alguien servía como inspiración para cantar a todo pulmón, podría resultar realmente incómodo. Pero imagino que al menos así los padres sabían algo sobre los gustos musicales de sus hijos.

          No sé si puedan saberlo ahora. Y no sé tampoco en dónde se rompe la delgada línea entre privacidad y aislamiento; entre respetar a los otros e ignorarlos por completo.

         Al usar audífonos, uno puede perderse por completo, aún cuando no lo quiera. Se conecta con los sentimientos propios pero se desconecta de los que se encuentran al lado. Al escuchar la música al máximo de decibeles, la emoción nos absorbe, queremos cantar y grita. Nos hace sentir casi rockstars, pero se vuelve difícil comunicarse  y pensar.

        Tal vez la cuestión es empezar a buscar momentos para compartirla y hacer que se vuelva nuevamente una razón para convivir con  los demás. Porque para poner distancia y pelear, siempre llegan rápido los pretextos…

Esta columna se publicó el 3 de abril de 2010 en el suplemento semanal de Status Diario.

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