(Felices) Coincidencias II

 

tunez¿Alguna vez has llegado a un sitio en el que te sientes, por un lado, completamente extranjero y, al mismo tiempo, parte completa de él?

           Experimenté esa sensación hace unas semanas, y hasta hoy no dejo de pensar en cómo, sin importar que los kilómetros nos separen de otros hombres y mujeres, no dejamos de ser humanos.

           Al llegar a Túnez, el buen Moiz nos recibió con los brazos abiertos. No hablaba español, pero por fortuna para nosotras se comunicaba bastante bien en inglés y francés. Un hombre gentil, orgulloso de poder mostrarnos las delicias y rincones de su ciudad; nos invitó a compartir una tarde en su casa junto a su esposa Leila y sus hijas.

            El cuscús  con verduras y el pollo especiado eran realmente deliciosos Los dulces de piñón y pistache, y las bandejas repletas de duraznos y cerezas frescas entraban por los ojos. Los platos, abundantemente servidos, llegaban a la mesa como cálido gesto de amistad…tal como ocurre en México y tantos lugares más.

           Al terminar, Leila -una mujer de bellos ojos negros, y amplísima y contagiosa sonrisa-tenía todo listo para llevarnos al hammam (el tradicional baño público). “¿Cómo vamos a comunicarnos?”, me preguntó mi hermana. “¡No hablamos árabe!...Y ella no habla inglés…”, me dijo. Mi respuesta fue espontánea, casi infantil: “Con señas…con los ojos…no sé”

            Así, y con la clara idea de “A donde fueres, haz lo que vieres”, llegamos a disfrutar del baño. Ahí, con las mujeres murmurando sobre nosotras y haciéndome preguntas en un idioma que –por desgracia- me es completamente desconocido, me sentí por primera vez completamente extranjera al no poder entablar conversación. Me hubiera encantado poder platicar con ellas y, especialmente, con Leila. No pudimos hacerlo, pero de algún modo, logramos seguir sus indicaciones sin problema.

        Bastó su trato tierno y generoso; bastaron las sonrisas y los pulgares arriba para demostrar satisfacción y acuerdo. Bastaron su amabilidad y tolerancia para hacernos sentir felices, como en casa.

             Los idiomas podrán ser diferentes, las culturas también. Pero la alegría (al igual que la tristeza, el desagrado o la frustración) se manifiesta prácticamente de la misma forma en los rostros de todos. La sonrisa sincera y el gesto bondadoso significan exactamente lo mismo en cualquier parte. Es justo eso lo que hace que, al final, se pueda confiar en que es posible encontrar coincidencias a pesar las diferencias.

 

Esta columna se publicó el 18 de junio de 2010 en el suplemento semanal de Status Diario. Esta es una de esas experiencias que siempre recordaré con cariño. Aún recuerdo cómo, pudorosa, tuve que desprenderme de la ropa al llegar al baño, al igual que todas las demás mujeres.

Leila me iba indicando en dónde llenar la cubeta con agua fría y caliente, mientras me proporcionaba jabón y shampoo. Luego de al menos una hora de estar disfrutando el agua, y de estar tallándome y enjabonándome el cuerpo, tocó mi turno con la bañadora, quien me colocó en una plancha de piedra y me dio tremenda frotada con un guante especial. Me dio la impresión de que nunca antes de eso me había bañado realmente en mi vida.

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