Dejar ir (II)

nayeli aparicio columnasAcomodada en la oficina, tecleaba aquellas líneas sobre la boda de Karina reviviendo el sentimiento ambivalente que me produjeron las palabras de su mamá. No sólo me hicieron comprender de forma justa la marea de emociones que vivieron mis padres, sino que además me contagiaron también de una especie de nostalgia anticipada; una extraña sensación de saber que es probable que algún día en el futuro, me sienta exactamente igual al ver pasar la vida de los hijos que aún no tengo ante mis ojos.

     En eso me encontraba cuando Adi, mi cuñada, me contó que acababa de llevar a su primer día de clases a su pequeña Ana. “En la mañana no quería que la ayudara a arreglarse. Me dijo: Ya soy niña grande; así que la deje que ella solita terminara de vestirse mientras yo la veía parada en la puerta”, me platicaba.

     No podía ver su rostro, pero de algún modo pude identificarme con su corazoncito apachurrado e imaginar la escena perfectamente: Ana, emocionada por ponerse el uniforme por primera vez, intenta vestirse rápido, mientras Adriana mira cómo sus manitas se esfuerzan por coordinarse. Le pide que se siente para peinarla, y la niña, ansiosa, le dice que se apure y termine pronto para poder ir corriendo por su mochila nueva. Mamá, papá e hija, van bajando juntos por las escaleras, suben al auto y llegan a la escuela.  Ella, lonchera en mano, está lista para entrar, y sonríe con ilusión al ver a todos los niños con los que podrá jugar. Sus papás la miran con ternura. Apenas pueden creer que han pasado casi cuatro años desde que la cargaron en sus brazos la primera vez.

     “Ana estaba muy contenta, pero yo, al dejarla en la entrada de la escuela, junto a todos los demás, la vi tan chiquita que no lo podía creer. Se me hizo un nudo en la garganta…”, seguía contándome Adi. Me la imaginé toda conmovida, queriendo mantener la sonrisa pero al mismo tiempo intentando contener las lágrimas; tomándole una foto con el celular para guardar para siempre la imagen y emoción de ese día…

     Ella acaba de vivir, pensé, uno de esos momentos importantes, de esos que de antemano se sabe que más adelante arrebatarán un suspiro, una sonrisa y una lágrima; de los que se sabe que se añorarán después. Esta primera vez que la ha dejado ir, es la primera de muchas que están por venir en la vida de ambas. Tal vez, en unos 25 años, la escena sacuda la nostalgia de Adriana mientras vea a su bebé, convertida en mujer, partiendo para dar inicio a una nueva etapa.

 

Esta columna se publicó el 3 de septiembre de 2010 en el suplemento semanal de Status Diario.

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